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Cuando nos toca manejar un vehículo y realizar un largo viaje, es habitual parar un rato a descansar y estirar las piernas, contemplar el paisaje, fumar un cigarrillo, llenar el estómago o aprender de la cultura que emerge del corazón de un pueblo o de una zona. Cuando tenemos la oportunidad de hacer un viaje de este tipo, seguramente a nuestro regreso tenemos la posibilidad de contarle a alguien sobre los buenos momentos disfrutados. Pero...¿por qué nunca hacemos nada parecido sobre la experiencia vivida en las empresas en esta "nueva" economía?En esta nueva economía, emprender el viaje supone para una empresa enfrentarse con muchos y numerosos desafíos en el mercado, tanto fuera como dentro de la empresa. Si Ud. estimado lector, piensa por un momento, seguramente recordará que en una empresa hay capital humano, hay recursos, hay capital invertido, hay - probablemente - socios, hay directivos, y por sobre todas las cosas, hay trabajo que hacer. Y no son pocas las barreras que hay que superar a la hora de encontrar clientes y que éstos sitúen sus productos o servicios en la categoría de "imprescindibles". Todos esos factores, y muchos más que surgen del día a día, nos van forzando a buscar constantemente el modo de encontrar nuestro "punto de equilibrio", buscando soluciones a los problemas más diversos y la satisfacción de los logros más pequeños. El camino hacia la empresa del mañana es el camino del aprendizaje continuo y perpetuo, donde la empresa que realmente quiere competir, se redefine, se adapta y se reestructura con el tiempo buscando salida a las dificultades más diversas o a los cambios más inesperados. Esto ocurre en tiempos difíciles, y ocurre en tiempos no tan difíciles. El mercado se encuentra en continuo movimiento (ya lo hemos vivido), y la empresa ha de saber cómo actuar ante esas circunstancias. Debe saber cómo trabajar para construir productos y servicios del mañana, aunque ese mañana esté algunos meses por delante del almanaque. Y si Ud. probablemente es de los que ya esté pensando: "¿Es bueno trabajar pensando en el futuro?", déjeme responderle que todos, consciente o inconscientemente, todos pensamos en el futuro. Todos tenemos la extraña costumbre en esta vida de pensar siempre en el futuro. Pensamos en el auto que nos podríamos comprar, en la casa que nos gustaría tener, dónde ir de vacaciones. A veces tomamos un préstamo en un banco para tener nuestro propio techo, y que no será nuestro hasta pasados unos 15 ó 20 años. O nos endeudamos para comprar el último equipo de música que vimos en el catálogo, o un nuevo modelo de teléfono celular, porque el que tenemos ya pasó de moda... Lo más curioso de la sociedad en que vivimos es que el tiempo, esa variable tirana creada por el hombre, nos ata de pies y manos. Planificamos todo cuanto hacemos a lo largo de los días y de los meses, y esa bruma con la que nosotros mismos nos atamos, nos impide, la mayor parte de las ocasiones, vivir el presente. Y ocurre lo mismo con el pasado. Es como si de la tríada pasado-presente-futuro sólo viviéramos en los polos. El pasado sirve en nuestra vida como lección de todo cuanto hacemos. La memoria histórica ejerce una poderosa influencia a la hora de hacer todo cuanto queremos y deseamos. Por nuestra cabeza fluyen errores cometidos, éxitos de otros, consejos aprendidos, y todo aquello que, o bien por cuenta propia o a través de un tercero, nos ha quedado grabado en la mente. Nuestra propia educación y nuestra personalidad es un fiel reflejo de toda esa formación de nuestro pasado, que aplicamos constante o incesantemente.
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